Hay cosas que no entiedes hasta que no sales de tu casa, de la confortable familiaridad de todo lo que rodea. Hasta que no vas a un sitio en el que no conoces a nadie y te ves obligado a relacionarte con ellos, a comenzar nuevas amistades y, sobre todo, a pasar mucho tiempo contigo mismo.
De repente un día dices: ¡hey! ¡no soy la misma persona que era antes!
He descubierto que cuando te ves obligado a pasar tiempo contigo mismo y aprendes a ser feliz tú solito, empiezas a ser también más feliz con los demás.
Y no, evidentemente, no soy la misma persona que antes de venir a Madrid (ahora posteo más incongruencias que antes).