Salgo del trabajo. Lluvia. Cogeré el autobús, no quisiera mojarme. 15 minutos esperando, perfecto, huelga de autobuses strikes again (¿habeis notado el sutil juego de palabras?). En el tiempo que llevo esperando me hubiera dado tiempo a llegar a casa, así que aprovechando que empieza a amainar el temporal decido emprender la marcha a pie. Dejo atrás la parada donde la gente se apretuja, aunque por el camino voy mirando a la calle todo el rato esperando que el autobús me adelante en cualquier momento, pero no lo hace.
Bien, parece que está parando de llover, pero nooooo... de repente un tromba de agua de proporciones bíblicas cae sobre mi, y como el cielo, que es un cachondo, no sólo ha decidido abrirse sino también que llueva de lado, me estoy calando viva a pesar de llevar capucha y paraguas. Lo intento, intento no mojarme, pero esto empieza a ser como mear contra el viento: absurdo y ridículo. Así que decido anteponer mi dignidad a mi sequedad y hacer el resto del camino andando normalmente, en vez de de puntillas y dando saltitos para tratar de esquivar los charcos.
Mis pies flotan dentro de las zapatillas que se han llenado de agua. Justo esas zapatillas que no había lavado todavía porque sabía que tardarían mucho en secarse. Esas zapatillas que hoy irán directas a la lavadora. Esas converse que hoy, en un momento de rebelión meets estupidez, y aún sabiendo que iba a caer el diluvio universal, he decidido ponerme junto con esos vaqueros que son demasiado largos y hay que llevar con el bajo doblado, aunque siguen arrastrado.
Así que llego a casa y de cintura para arriba sigo sumergida en mi microuniverso de capucha + cascos, pero de cintura para abajo me he convertido en un degradado de azul a un color que es casi negro.

Se me ocurre que la manera más práctica de evitar mojarse con la lluvia no es ponerse algo para taparse, sino ir en pelotas directamente, al fin y al cabo somos impermeables, ¿no?