Últimamente he pensado mucho en la comida. Varias personas que conozco se han puesto a hacer dietas absurdas, que si la de la sopa de cebolla, que si la del jarabe de arce... Ya nos da bastantes palos la vida como para quitarnos uno de los placeres que lo compensan. Pero es que hay gente que me ha dicho que no le gusta comer ¡QUE NO LE GUSTA COMER! En serio, hay gente que sólo come porque si no se morirían.

Desde el cochinillo asado de Cándido, hasta los espaguetis de madrugada al volver de juerga, pasando por los tuppers maternos, hay tal cantidad de sabores por descubrir y apreciar que no me cabe en la cabeza que alguien no se pueda pirrar por lo menos por un par de ellos.
Decir que vale comer cualquier cosa es como escuchar cualquier cosa sólo para tener ruido. Dándole vueltas me he dado cuenta de que la música y la comida tienen muchas cosas en común. Ambos pueden sorprenderte gratamente o darte arcadas. Cuando están bien hechas, ambas pueden tener la consideración de arte. Además, el gusto y el oido son sentidos que se pueden entrenar. Por eso siempre he pensado que no apreciar la comida es una especie de incultura.
Se me hace inevitable plantar aquí una referencia a la película Ratatuille. En una escena el padre de Remy, el ratuno protagonista, le dice a su hijo: "La comida es gasolina". Yo, por supuesto, soy más de la opinión del vástago:
Para terminar esta eterna disertación, me gustaría presentaros a Simply Sara, una mujer que desde luego aprecia la comida, de hecho, yo diría que es lo único que hace. Atentos a su deliciosa a la par que nutritiva ensalada de macarrones, os cambiará la vida (no os aseguro que para bien):